A contrapelo del sentido común más difundido, el desarrollo sostenible −concebido como un dispositivo con privilegio ontoepistémico sobre la comprensión de la crisis ecosocial contemporánea− no reivindica ni propone prácticas genuinamente duraderas o sostenibles que prioricen la preservación de las relaciones organismo-ambientales por encima de las lógicas de crecimiento infinito. Más bien, redefine el locus communis de la explotación de la naturaleza mediante una subsunción tecno-económica aún más radical. Este proceso abre nuevos tiempos-espacios de exterioridad natural −ámbitos vivos aún no capitalizados, no privatizados y no reducidos a mero valor abstracto− como susceptibles de ser integrados en la totalidad de la valorización mercantil. Para justificar esta práctica, se argumenta que, en la medida en que la totalidad de la naturaleza, concebida como recurso barato, pueda ser racionalizada por el mercado, se logrará finalmente la sostenibilidad (meramente económica). Desde la visión dominante del desarrollo sostenible, esta sostenibilidad consiste en una modalidad intensiva de apropiación, dominio y explotación de la naturaleza-materia, destinada a sostener el crecimiento económico mediante una privatización renovada e intensiva de los recursos escasos bajo su cuidado
mercantil. Esto busca, además, minimizar las perturbaciones en los distintos mercados derivadas de las, así consideradas, formas irracionales de acceso libre
a los recursos naturales.
En contraste con tal posición, esta intervención propone un análisis de las violencias reduccionistas características del ecoliberalismo o economicismo ambientalista contemporáneo, que, al restringir de forma radical las relaciones organismo-ambientales, tienden a orientarlas hacia la degradación y la muerte. Denominamos a tales violencias reduccionistas como Sustancialismo Economicista e Hilemorfismo de Mercado. De la reflexión sobre sus rasgos ontoepistémicos y sus implicaciones para el pensamiento socioeconómico nos ocupamos en este articulo.